José Alberto Mujica Cordano

Se fue apagando de a poco, dándonos tiempo de asimilar su muerte, de concebir el mundo sin su estirpe de viejo comunista inclaudicable. El mundo llegó hasta su puerta a despedirlo, a mirar el lugar donde reposaría después de su vida, a escucharlo como un oráculo, como un dios mundano, y él, con voz rasposa, y con su formación a cuestas hablaba para todos, traducía la complejidad de la política, de la vida, del mundo entero, y lo hacía sencillo, para que accedamos a saberlo. No alcanzaremos a descifrar si su lucidez le venía por naturaleza, o le había sido cultivada cuando combatía la tiranía, cuando huía por las calles, cuando estudiaba, o cuando tras los barrotes le veía los ojos a la locura.

Nunca dejó de estar del lado en el que se forjó su humanidad, y desde el que levantó su apostolado sencillo y claro para combatir la injusticia, la desigualdad, y el despilfarro. Siempre denunció los males del capitalismo que nos expropia el tiempo para vivir y disfrutar, que le roba los sueños a la pobreza, que condena a los más débiles. Su claridad ideológica, humana y política, lejos de proscribirlo, lo hicieron más grande. Hoy, que tanto se condena la radicalidad, él era uno de ellos: un necio a tiempo completo, un negador de la fantasía, un predicador de utopías.

Su faz bonachona, que combinaba rebeldía y dulzura, indignación y coherencia, inconformismo y lucidez, irreverencia y bondad, seguirá siendo una brújula para guiarse en estos tiempos de confusión, hastío, de adormecimiento de las ideas, de innecesaria pasividad. Que siga levantándose en armas su historia, para combatir los males que no han cesado de nacer renovados, y que son la amenaza colectiva de nuestros días.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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