Una golondrina emprende su vuelo con la esperanza de un futuro alentador, abre sus alas y surca en el firmamento. La golondrina busca entre las curiosidades de su apacible entorno, la utópica sensación de tranquilidad, que nosotros los sin alas no tenemos. La golondrina vuela airosa y despreocupada en armonía con los vientos, en aquellos en los que puedes dejarte llevar sin temor a ser ultrajado, pero qué lástima que no seamos golondrinas.
No somos aquella ave migratoria con gran memoria que regresa al punto de partida después del cambio estacional. Somos seres humanos habitantes de un país en una constante curva de intranquilidad y paz forzada. Nos sabemos libres en teoría, pero no realizamos el ejercicio mismo de la libertad. Somos libres con la puerta bien cerrada, y los candados reforzados. Somos libres mientras nuestro sistema de alerta jamás descansa. ¿Somos realmente libres o estamos normalizando vivir con miedo?
Y es que lo propio para desvincularnos de esta responsabilidad de vivir aterrorizados, es encontrar un o unos culpables; por ejemplo, aquellos condenados a ser verdugos y maleantes, aquellos que, sin haber escogido, son quienes nos tienen cual doncella encerrada en la torre más alta de la aldea. Aquellos quienes ahora se presentan como cautivadores, cuando inicialmente estaban cautivados por la desdicha, la pobreza y la incertidumbre. Aunque no creo que sean aquellos, ni nosotros ¿quiénes?
El cielo se encuentra obstaculizado por preguntas, aún sin respuesta; por eso golondrina ve, anda y recorre tu camino junto al suave aroma de la tranquilidad y la calma. Golondrina vuela como si nunca hubieran lastimado tus alas, porque dar la batuta de tu vida a terceros, refleja la derrota misma de sabernos libres. Como cuando las golondrinas deciden hacer nido o volar, Como cuando la arena quema, y te da igual porque sabes que corres hacia el mar. Así deberíamos vivir. Libres.
Ma. Verónica Valarezo C.