El matrimonio es una de las experiencias más maravillosas en la vida de las personas, para otros el peor error que pudieron cometer; sin embargo, una de las frases que nos dice el sacerdote en nuestra ceremonia religiosa es “en la salud y la enfermedad”. La relación de pareja y el amor deberían incluir definiciones básicas como la felicidad propia, la del otro y la conservación de la individualidad; el equilibrio entre dar y recibir; pero pronto olvidamos aquella promesa realizada con mucho amor, alegría y aspiraciones de algo trascendente y duradero.
Por qué algunas personas olvidamos nuestras promesas, principalmente cuando aparecen los primeros conflictos, que, a más de ser necesarios para cimentar la relación, son parte de nuestra cotidianidad; y, mucho más cuando uno de los integrantes de la pareja presenta una enfermedad.
Cuántos casos conocemos de personas que abandonaron a sus parejas por presentar cáncer o alguna otra enfermedad catalogada como incurable o catastrófica. Será que al amor simplemente lo honramos como la emoción más pura, pero lo confundimos con el deseo generando expectativas erróneas sobre el amor y la relación. Proporcionar un marco familiar sólido, tiene que ver con el amor que brindamos a nuestra cónyuge, ese amor asertivo, proactivo y resiliente que proporciona un camino de felicidad junto a ella, no a expensas de ella; solo así se creará un ambiente de encanto y romanticismo acompañado de estabilidad emocional y convivencia equilibrada.
Buscar equilibrio es fundamental, así como se disfruta de los buenos y mágicos momentos que vivimos en la relación cuando gozamos de salud, también debemos abrir nuestra mente cuando surge la enfermedad. Velar por ella y su recuperación es una de las mejores muestras de amor, no se necesita de esfuerzo, el amor es entrega y no sacrificio. Recuerda es tu decisión ser feliz.
Francisco Herrera Burgos
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