Celebramos el día de difuntos, originado por el año 998, instituido por el monje benedictino San Odilón de Francia; tradición prehispánica adoptada en el siglo XVI, por todos los países católicos de alrededor del mundo, con el propósito de recordar a familiares y amigos fallecidos; como parte de este protocolo se nos hace habitual, observar a familias juntas adoloridas y sufriendo, visitando las tumbas de sus seres amados fallecidos, por la falta que nos hacen; quizá sosteniéndonos en aquello que, si no los olvidamos, no los perdemos completamente.
En medio de esa sensibilidad de la que, casi todos estamos invadidos en esa fecha, porque traemos a la memoria los mejores recuerdos de cuando estaban vivos. Sería bueno recapacitar y abrir nuestro corazón hasta que nos permita, ser más objetivos en el aquí y ahora; para demostrar cada día de nuestras vidas a quienes tenemos, están y amamos de verdad; las cosas lindas que provocan en nosotros con tan solo existir, decirles cuanto y como las amamos, apoyarlas, sostenerlas, perdonarlas, compartir y disfrutar con ellos; sin esperar a que estén muertos, para reconocer la falta que nos hacen, llevarles hermosas flores a sus tumbas, porque no pueden verlas o querer abrazarlas cuando ya no pueden sentirnos. Y si nos decidimos a hacerlo, procuremos que sea utilizando el tiempo en presente, así el próximo 2 de noviembre iremos a visitarlos para conversar.
“Aprecia lo que tienes, antes que se convierta en lo que tuviste”.
Talía Guerrero
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