En los amables cuentos de la niñez tienen una presencia inquietante las ratas. Estos roedores, nos dicen los zoólogos, se caracterizan por su enorme inteligencia y su capacidad de sobrevivir en los ambientes más hostiles. En “El Flautista de Hamelín” una ciudad entera se ve invadida por estas asquerosas criaturas. Tal fábula, que podría sonar exagerada, parece más bien un tibio reflejo de la realidad de una nación completamente invadida por ratas de muy diverso tipo. Bien es verdad que las ratas de antaño, a la luz de los grandes latrocinios de los que ha sido víctima el Ecuador a lo largo de su historia, parecen mucho mayores que las pequeñas ratas actuales, pero es necesario reconocer que los pestilentes roedores de nuestros días encuentran fáciles y cómodos nidos en todas las instancias de la administración pública o de la gestión privada. Los cables de la corporación nacional de electricidad se encuentran gravemente roídos por ratas insignificantes pero implacables y numerosas que, además, son amigas de los exterminadores y resistentes a cualquier veneno. Ministerios hay en los cuales fácilmente se pueden encontrar amarillentos archivos de contratos carcomidos por ratas corruptoras. De tal forma que no bastaría el alegre flautista del cuento para librar al Ecuador de esta plaga, aunque los arpegios de su instrumento intenten atraer a todos los inocentes a votar por preguntas que, cuál más, cuál menos, tienen serias intenciones ocultas. Por cierto que las escuálidas ratas de hoy tienen también ridículas contrapartes en esos fiscalizadores minúsculos que, a fuerza de comparecencias televisivas y poses de arlequín, pretenden erigirse en árbitros de la corrupción señalando suciedad en un lado y ocultándola en otro. Que lejanos esos tiempos cuando Ignacio de Veintimilla, rata magnífica e insaciable, tuvo su genial censor en Juan Montalvo.
Carlos García Torres
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