Algoritmos de viento

Desde hace algunos meses los grandes potentados de la informática hacen declaraciones contundentes sobre el inmenso poder computacional de sus modelos amplios de lenguaje que, nos anuncian, son capaces de imitar y superar todos los aspectos del intelecto humano.  Al mismo tiempo gurús profesionales y futurólogos a tiempo completo proclaman los peligros de esos temibles sistemas de Inteligencia Artificial que, según algunas prédicas delirantes, pueden sojuzgar o destruir a la propia humanidad. Estos sermones catastróficos tienen una inmensa audiencia siempre dispuesta a tragar cualquier mal adobada mentira sazonándola con abundante salsa de credulidad. Las recomendaciones serias de los organismos internacionales y de los filósofos son suplantadas por esas teorías conspiratorias tan perniciosamente extendidas que alcanzan incluso a los sectores de la academia. Algunos barbicanos profesores también participan, un día sí y otro también, en el fructífero mercado del humo. La verdad es que los sistemas de Inteligencia Artificial no traen nuevos riesgos sino las amenazas de siempre, la desigualdad, la explotación, la depredación ambiental, la manipulación política. Estos males existen y prosperan aún sin chats maravillosos poseedores de todas las respuestas. Al fin y al cabo, los verdaderos peligros anidan en la ambición humana, en la sed por destacar, en la pereza, en el facilismo, en el temor a las ideas y al pensamiento en general, en la necesidad de guiarse ciegamente por las opiniones de otros. Los reclamos sobre una Inteligencia Artificial general son falsos y surgen más bien de visiones idolátricas que hablan de una cercana “singularidad” y de nuevos seres artificiales. No hay ni habrá tal cosa. Las herramientas tecnológicas requieren de entrenadores humanos, la capacidad de relacionar y contextualizar es y será singularmente humana. El polvo que asoma en el horizonte con inmensos aspavientos no prefigura quijotescos gigantes, sino simples algoritmos de viento.

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