Gritos ahogados retumban contra paredes de concreto. Detrás de una escenografía meticulosamente calculada, la televisión transmite un recorrido por la Cárcel del Encuentro. El ministro del Interior camina erguido, rodeado de cámaras que solo enfocan lo que conviene mostrar: un desfile controlado de «los criminales más peligrosos» y los supuestos «cabecillas» de la violencia. Sin embargo, la brecha entre la propaganda oficial y la realidad es un abismo que ninguna iluminación de estudio puede ocultar. Ese centro penitenciario, vendido como el símbolo del triunfo sobre el crimen, se ha transformado en un territorio vedado, una prisión fantasma a la que nadie puede acceder de manera independiente. El acceso restringido no es casualidad; es la única forma de sostener la narrativa de la «mano dura» mientras se sofocan los ecos de una gestión que se tambalea. Lo que las cámaras presentan como un logro definitivo no es más que un espectáculo publicitario diseñado para apaciguar el miedo popular a fuerza de titulares. Lo verdaderamente alarmante no es solo el montaje mediático, sino la radiografía del poder que deja al descubierto. Al frente de la cartera más crítica para la seguridad nacional no hay un especialista en criminología ni un profesional experimentado en políticas públicas, sino una figura cuyo mérito académico formal se reduce al grado de bachiller. En un Estado donde la lealtad personal y el amiguismo pesan más que el conocimiento técnico, el destino y las vidas de millones quedan a merced de la improvisación.
El espejismo del orden engaña al observador desprevenido. Se vende la idea de que «se está haciendo el trabajo», pero tras el decorado solo queda la fragilidad de un sistema que confía la seguridad ciudadana a la complacencia política. Gobernar mediante el aplauso fácil de una entrevista dirigida es peligroso; entregar la fuerza del Estado a la inexperiencia en nombre de la amistad es una receta implacable para el desastre.
Marco A. González N.
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