Tener autoridad es relativamente fácil. A veces basta un nombramiento, una designación o un ascenso para que alguien tenga poder de decisión. Lo complicado viene después; saber ejercerlo sin que el ego termine ganando espacio. Ocupar un cargo, por importante que sea, no convierte automáticamente a nadie en líder.
Hay una diferencia clara. El jefe suele apoyarse en la jerarquía y en sus atribuciones; quien sabe liderar se preocupa por generar confianza. Dar una orden es sencillo cuando existe un cargo que lo permite. Conseguir que un equipo se comprometa, aporte ideas y trabaje convencido de lo que hace es otra historia.
Uno de los errores más frecuentes al dirigir es sentirse incómodo frente al talento ajeno. Hay quienes prefieren rodearse de personas que no cuestionan, no proponen algo diferente o simplemente asienten ante cualquier decisión. Incluso pueden mirar como una amenaza a quien se prepara, destaca o demuestra iniciativa. Es un error; las capacidades de otra persona no disminuyen las nuestras.
Un buen líder reconoce en qué es bueno cada integrante de su equipo y le da espacio para desarrollarlo. También tiene la madurez para aceptar que no sabe de todo. Habrá ocasiones en las que alguien conozca mejor un tema, tenga más experiencia o plantee una solución distinta. Escucharlo no resta autoridad.
Mucho menos se puede hablar de liderazgo cuando la herramienta para dirigir es el miedo. Los gritos, las amenazas o las humillaciones quizá consigan obediencia, pero no compromiso. Hay una diferencia enorme entre cumplir una orden y respetar a quien la da.
Y algo que a veces olvidamos; los cargos se terminan. Hoy podemos tener una función y personas bajo nuestra responsabilidad; mañana alguien más ocupará ese lugar. Cuando eso ocurra, poco importará cuántas órdenes dimos. Pesará mucho más la forma en que tratamos a las personas mientras tuvimos la oportunidad de dirigir.
Franco Tamay Vega
stafrancotv2001@hotmail.com