A los políticos de hoy, les da vergüenza decir que son políticos. Pero no les da vergüenza comer en lugares que jamás se han sentado, no les da vergüenza decir que son activistas cuando antes de campaña vivían por ellos, no les da vergüenza usar minorías, fiestas o recursos públicos.
Y esas palabras nos siguen vendiendo el ideal imaginario, de que hacer política está mal o que la política es para un grupo reducido de seres humanos “iluminados desde las alturas” en donde se cocinan las grandes ideas. Vemos personajes creados por comunicadores, para darnos la figura que tanto buscamos y que cuando llegan a gobernar se cae la piel de cordero que cargaban desde la candidatura.
Porque hacer política no debería ser una palabra que genere vergüenza. La política es, en esencia, una herramienta para organizar nuestra sociedad, defender derechos, administrar recursos públicos y construir decisiones que afectan la vida cotidiana de miles de personas. Renunciar a ella no la hace desaparecer; simplemente deja el espacio disponible para que otros decidan por nosotros.
El problema no es que existan políticos. El problema aparece cuando la política se convierte en una actuación, cuando la cercanía con la gente se utiliza únicamente como estrategia electoral y cuando las causas sociales se transforman en accesorios de campaña.
Necesitamos dejar de idealizar personajes y empezar a observar trayectorias, propuestas, decisiones y resultados. No necesitamos políticos perfectos, ni personajes construidos para encajar en nuestros deseos. Necesitamos personas dispuestas a asumir públicamente que hacen política y a comprender que gobernar significa rendir cuentas, escuchar, debatir y asumir responsabilidades.
También necesitamos recuperar la política como un espacio ciudadano. Porque la política no pertenece exclusivamente a quienes ocupan una dignidad pública, ni a quienes aparecen en una papeleta. Pertenece también a quienes participan, cuestionan, proponen, organizan sus comunidades y exigen respuestas.
Quizá el verdadero cambio empiece cuando dejemos de avergonzarnos de hacer política y comencemos a avergonzarnos de hacerla sin principios.
Verónica Capelo N.
verogcapeln@gmail.com