Existe algo profundamente gratificante en hacer las cosas sin tener la certeza de cómo terminarán. Ir por un camino desconocido, aceptar una invitación inesperada, visitar un lugar al que nunca hemos ido o decidirnos a hacer aquello que hemos postergado por demasiado tiempo. No sabemos qué vamos a encontrar, pero precisamente, esa es la magia.
Vivimos intentando controlar los resultados. Queremos saber cómo empezará y cómo terminará cada cosa, antes de dar el primer paso. Planeamos, calculamos, anticipamos. Y, sin darnos cuenta, terminamos construyendo una vida demasiado predecible, donde la sorpresa escasea.
Pero salir de lo conocido tiene una recompensa, que abarca mucho más allá de la experiencia. Cuando nos atrevemos, comenzamos a conocer. Conocemos lugares, paisajes, personas, caminos y situaciones que previamente solo existían en nuestra imaginación. Pero también comenzamos a conocernos a nosotros mismos.
Porque no sabemos realmente de qué somos capaces hasta que algo nos obliga a salir de nuestra zona de comodidad. Es entonces, cuando descubrimos nuestra capacidad para resolver problemas, adaptarnos, continuar cuando las cosas no salen como esperábamos o disfrutar de aquello, que jamás habíamos imaginado.
Y claro, el plan no siempre sale bien. A veces el camino resulta más difícil, el lugar no es el esperado, el clima cambia o aquella aventura que imaginábamos extraordinaria, termina llegando apenas a ser una anécdota. Pero incluso entonces queda algo «la experiencia».
Por aquello, no debemos medir nuestras decisiones únicamente por sus resultados. Algunas experiencias valen la pena, precisamente porque nos enseñaron algo, aunque no hayan salido como queríamos.
Atreverse no significa que todo vaya a salir bien. Significa aceptar la incertidumbre y decidirse a intentarlo. Porque a veces obtienes el premio de llegar al lugar anhelado. Y en otras, simplemente se atesora el valor de haber salido y descubrir qué había en el camino.
Néstor S. González Marca
nestor.gm.loja@hotmail.com