La primera escuela

Quien no honra a su familia – a sus abuelos, a sus padres, a su esposa, a sus hijas, a sus nietos y en general, a quienes forman parte de ella- difícilmente pueden pretender ser un buen profesional, un buen ciudadano y, sobre todo, una buena persona. Porque la verdadera educación no comienza en las aulas: nace en el hogar, en el respeto, en la gratitud, en el ejemplo y en la manera de tratar a quienes nos han dado amor y compañía en el camino de la vida.

Estoy profundamente de acuerdo con esta sagrada enseñanza. Sin embargo, resulta lamentable comprobar cómo esta virtud y norma maravillosa y necesaria que durante generaciones fue parte esencial de nuestra identidad y nuestra convivencia va perdiendo espacio en una sociedad cada vez más apresurada, individualista y, a veces, indiferente a sus propios valores.

Sé que quizá canse con mi insistencia, pero, pase lo que pase, no me cansaré de sostener que la enseñanza y la educación – sí, la enseñanza y la educación – siguen siendo y serán el camino capaz de devolvernos aquello que estamos perdiendo: respeto, gratitud, solidaridad y sentido de comunidad. Enseñar es la transmisión de conocimientos, habilidades y saberes y educar- que es lo que más nos interesa- es formar valores y principios, es decir seres humanos capaces de comprender que nadie se construye solo y que detrás de cada vida existe una historia de afectos, sacrificios y raíces que merecen ser honradas.

Por ello, las autoridades educativas, los gobiernos seccionales y sobre todo los padres de familia, por supuesto con el ayuda del sistema educativo, deberían emprender campañas permanentes para rescatar y fortalecer estas virtudes, que durante muchos años fueron parte del patriotismo moral de los ecuatorianos y contribuyeron a sostener la convivencia social.

No se trata de regresar al pasado, sino de recuperar lo mejor de él para construir un futuro más humano. Una sociedad que pierde el respeto por la familia termina debilitando también el respeto por la comunidad, por las instituciones y por el prójimo.

Ojalá este llamado encuentre eco y produzca alguna reacción. ¡Que Dios lo permita! Porque cuando una sociedad deja de educar el corazón, comienza a caminar hacia un abismo en el que, poco a poco, puede perderse aquello que ninguna ley ni ninguna tecnología podrá devolverle: su humanidad.

Eso es todo.

Jaime A. Guzmán R.

jaimesntonio3@gmail.com

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