Loja y la política sin oficio

Hay ciudades que eligen autoridades y hay ciudades que, en el fondo, siguen eligiendo apellidos. Loja atraviesa hoy ese segundo escenario: una campaña que no discute el futuro del cantón sino el orgullo herido de sus propios protagonistas. El pleito reciente entre Cheche Guerrero y Chalaco dentro del CNE no es un hecho aislado ni una anécdota de redes sociales; es el síntoma de una política que ha cambiado la deliberación por el desahogo, y el proyecto de ciudad por el ajuste de cuentas personal. Detrás de ese ruido hay algo más grave: el transfuguismo institucionalizado. Que un prefecto en funciones cambie de camiseta política casi al cierre de las inscripciones, y que varios precandidatos deban renunciar de la noche a la mañana para abrirle campo, no es una jugada hábil, es una confesión. Confiesa que las siglas no representan ideas sino conveniencias, y que el poder local se negocia entre dirigencias, no se construye entre vecinos. Cuando la lealtad partidaria dura menos que una campaña electoral, lo que se erosiona no es un movimiento, es la confianza ciudadana en que el voto sirve para algo. A esa fragmentación se suma el peso de las viejas figuras que regresan una y otra vez, como si Loja no tuviera memoria ni relevo generacional. El regreso insistente de Chato Castillo a la contienda no es un problema de edad, sino de un sistema que no logra producir liderazgos nuevos con suficiente respaldo para no depender de los rostros conocidos. Y en el otro extremo, la aparición de outsiders sin trayectoria ni propuesta reafirma que el vacío de proyectos políticos serios se llena con cualquier nombre disponible en la papeleta. Más delicado aún es cuando el poder mediático decide convertirse en poder político sin distancia ni pausa, como ocurre con la incursión de John Lafebre en una candidatura. La prensa que fiscaliza y la prensa que aspira al cargo no pueden ser la misma voz sin que la ciudadanía pierda un árbitro independiente. Loja no necesita más personajes: necesita instituciones que resistan a las personas. La salida no está en un salvador, sino en una ciudadanía que exija programas, fiscalice alianzas y deje de premiar el espectáculo con su voto.

Marco A. González N.

marcoantoniog31@hotmail.es

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