Entre la fe y la costumbre

Desde que tengo uso de razón cada veinte de agosto, siempre se observa la multitud de personas recibiendo a la virgencita de El Cisne. De hecho, las caminatas o romerías de un santo o virgen tienen como finalidad recordar la existencia de ese santo o la madre de Jesús como medio para obtener un milagro, y por ello, la tradición consiste en acompañarle en la romería para pedirle un milagro o agradecerle por el milagro recibido.  No tengo inconveniente en tratar un tema religioso, puesto que, por varios años, no creí en ninguna religión.  Sigo teniendo muchas discrepancias con los sacerdotes de la religión católica, sin embargo, entiendo y comprendo su misión en el mundo y les apoyo sin caer en el fanatismo y muy orgullosamente, soy católico.

Si tengo fe, concebida como la confianza que una persona tiene sin basarse en la razón ni en la experiencia, no puedo demostrar que dios existe, así como no me pueden demostrar que no existe. Frente a tal criterio antagónico, nos queda tener esa confianza en un Dios o en alguien que no sea tangible y que no exista físicamente.

Desde niño me enseñaron a pedirle a la virgencita varios milagros, salud o determinado suceso, de adolescente caminé por esos pedidos, de adulto aprovechaba la caminata para ir con amigos y me separé de las oraciones y de los milagros, y cuando fui padre, volví a tener fe en Dios porque no me sentí suficiente para poder cuidar de cada uno de mis cuatro hijos. Y desde esa fecha, dejé mis pensamientos filosóficos y supuesta sabiduría y decidí tener fe y dejar la costumbre a un lado y cada vez que dialogo con Dios, con la Virgen o con Jesús (niño o adulto), no le pido nada, porque me ha dado todo lo que necesito y solamente le agradezco. Por ello, es mejor tener fe y agradecer a Dios por su protección permanente, que caminar por una simple costumbre.

Manuel Salinas Ordóñez

manuel.salinas@unl.edu.ec

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