La realidad agraria de Loja se encuentra en una encrucijada histórica. Al contrastar los datos de las últimas tres décadas, observamos un patrón que no podemos ignorar; una fragmentación extrema de la tierra y una dependencia crítica de las lluvias. Mientras en 1995 aún prevalecían sistemas de cultivo diversificados, el panorama actual, según datos consolidados del INEC (2024) y proyecciones de la ESPAC, muestra un desplazamiento alarmante hacia monocultivos extensivos que hoy superan las 413.000 hectáreas en la provincia.
Lo más preocupante no es solo el uso del suelo, sino el estancamiento tecnológico. Históricamente, la provincia ha mantenido un sistema de producción donde menos del 15% de la superficie agrícola cuenta con riego tecnificado. Esta cifra, constante desde el III Censo Nacional Agropecuario (FAO, 1995), revela que nuestra dependencia del secano (dependencia exclusiva de aguas lluvias) no es una fatalidad climática, sino una deficiencia estructural de gestión pública y privada.
Con 67.060 Unidades de Producción Agropecuaria (UPAs) y un tamaño promedio de apenas 10,67 hectáreas (Monitoreo de Tierras, 2021), Loja se consolida como una provincia de minifundistas. La pregunta de fondo para nuestra clase política y para quienes emprenden en el sector no es cuánta tierra tengan, sino qué se está haciendo con ella. Mantener un hato bovino dominado por ganado criollo, con baja tasa de conversión cárnica y lechera, es desperdiciar nuestra capacidad productiva.
La producción en la tierra no depende de la providencia, sino de la innovación colectiva para transformar el descontento en una alternativa técnica sólida. Necesitamos capacidad y voluntad para migrar hacia sistemas silvopastoriles, tecnificar el riego y, sobre todo, recuperar la soberanía intelectual sobre nuestros procesos. No basta con la queja estéril; es momento de profesionalizar el campo lojano. El verdadero desarrollo —intelectual y económico— no se hereda, se conquista mediante el rigor demostrado en los datos y la acción organizada. El reto está planteado; o nos profesionalizamos y competimos con eficiencia, o seguiremos condenados a la dependencia y la ineficiencia. Es hora de dejar atrás la ineficiencia y apostar por la transformación.
Pablo Ortiz Muñoz
acuapablo1@hotmail.com