“Moral y luces son nuestras primeras necesidades”, proclamó Bolívar en su famoso Discurso de Angostura en 1819. Desde entonces han transcurrido 207 años y creo que hoy esas son también nuestras primeras necesidades como nación.
La corrupción ha permeado los bajos y los altos estamentos del Estado, y se ha normalizado en el tejido social. Los atajos para eludir la ley o las obligaciones que ella impone, están a la orden del día. La mentira, la infamia y la calumnia se han vuelto, como decía Roldós, el arma de los incapaces, el arma de la mediocridad. Hoy apenas un hilo separa el umbral de la verdad y la mentira, y más son las mentiras revestidas de verdad que las verdades necesarias.
La falta de sentido común y de conocimiento son evidentes en quienes, por sesgo político o ideológico, y con la clara intención de causar daño o hacer ruido, se dicen analistas creyéndose pitonisas en el Oráculo de Delfos.
Y la mayoría de la gente, impasible y distraída, recibiendo cada dosis con embudo, como si acaso fuera el único remedio, bien para evitarse la fatiga o bien para no incomodarse.
Triste realidad la nuestra, pero cierta. Parecería que hemos renunciado al pensamiento crítico y a la virtud cívica, sustituyéndolos por el aplauso fácil, la indignación selectiva y la desinformación. Nos hemos acostumbrado a exigir honestidad a los demás, mientras justificamos nuestras propias pequeñas transgresiones. Y es allí donde comienza el verdadero deterioro de una sociedad.
Bolívar, nacido un día como hoy hace 243 años, comprendió que ninguna república puede sostenerse únicamente sobre leyes o instituciones; necesita ciudadanos con principios y una educación que forme criterio antes que fanatismo. Moral para actuar con rectitud. Luces para discernir entre el mundano ruido y la sustanciosa razón, entre el interés particular y el bien común.
Tal vez no sea tarde. Pero la reconstrucción del país no empezará solo en las casas de gobierno, sino en la conciencia de cada ciudadano. Porque ninguna nación será mejor que los valores que decida cultivar.
¿Estaremos dispuestos?
José Luis Íñiguez Granda
joseluisigloja@hotmail.com