Hace más de dos décadas, Loja demostró que era posible gobernar pensando en el futuro. Con el Plan Loja Siglo XXI se construyó un sistema de represas y desarenadores en las cuencas de los ríos Malacatos, Zamora y Jipiro, una obra pionera en Ecuador destinada a retener piedras, troncos, lodo y sedimentos antes de que llegaran al casco urbano, reduciendo el riesgo de inundaciones y protegiendo vidas, viviendas e infraestructura.
Aquella decisión representó mucho más que una obra de ingeniería; fue una verdadera política pública de prevención. Sin embargo, ninguna infraestructura estratégica conserva su eficacia cuando el mantenimiento deja de ser una prioridad. Durante casi una década, estas estructuras han recibido una atención insuficiente, mientras la acumulación de sedimentos reduce progresivamente su capacidad de protección.
No hace falta ser ingeniero para comprender el riesgo. Pensemos en nuestra propia casa. Si durante años dejamos de limpiar las canaletas, el agua terminará filtrándose por el techo. Si nunca damos mantenimiento a nuestro vehículo, tarde o temprano el motor fallará. Nadie actuaría de esa manera con su patrimonio. Entonces, ¿por qué aceptar lo mismo con una infraestructura que protege a toda una ciudad?
A esta realidad se suma el irrespeto a los retiros obligatorios de los ríos. Cuando los cauces pierden su espacio natural, aumenta el riesgo para barrios, vías, puentes y servicios básicos.
Las emergencias no comienzan cuando llega la lluvia; empiezan mucho antes, cuando dejamos de cuidar las obras creadas para prevenirlas. Por ello, el Municipio debe garantizar el mantenimiento permanente de las represas y desarenadores, hacer respetar los retiros establecidos y asegurar la continuidad de estas políticas públicas, más allá de cualquier administración.
El verdadero legado del Plan Loja Siglo XXI no fue únicamente construir una gran obra; fue demostrar que una ciudad visionaria protege su futuro mediante la prevención. Loja se adelantó a los problemas cuando pocas ciudades del Ecuador hablaban de gestión del riesgo. Ese legado merece ser reconocido y, sobre todo, preservado con responsabilidad, mantenimiento y continuidad institucional.
Mayra García Calle
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