No es solo una cuestión de seis centavos; es el mensaje que el Cabildo nos envía a todos los que caminamos esta ciudad. La reciente aprobación del alza del pasaje a $0,36 se siente como un cheque en blanco entregado a un sector que, seamos sinceros, nos queda debiendo en calidad desde hace años.
Entiendo los argumentos técnicos. Sé que el diésel ha subido y que mantener una unidad no es barato. Sin embargo, como ciudadano que vive el día a día en Loja, me pregunto: ¿dónde está el compromiso real con el usuario? Nos venden la idea de una «mejora en el servicio» cada vez que se toca el bolsillo del pueblo, pero la realidad en la calle es otra. Seguimos esperando en paradas descuidadas, subiendo a unidades que han cumplido su vida útil y lidiando con un trato que dista mucho de ser profesional.
Me resulta preocupante que la decisión en el Concejo Cantonal haya sido tan dividida. Ese siete a cinco refleja una ciudad fracturada y una autoridad que no logró condicionar el incremento a mejoras inmediatas y palpables. No podemos seguir bajo la lógica de «subamos el precio primero y veamos si mejoramos después». El orden lógico debería ser la eficiencia como requisito previo para cualquier ajuste económico.
Hoy, el golpe al presupuesto familiar es directo. Para quien toma cuatro buses al día, esos centavos se convierten en dólares que al final del mes pesan. Lo mínimo que merecemos a cambio no es solo que el bus pase, sino que el Sistema Intermodal de Transporte Urbano (SITU) funcione de verdad, con frecuencias respetadas y tecnología que facilite la vida al pasajero, no solo al transportista.
Si ya vamos a pagar más, la postura es clara: no aceptar más excusas. La fiscalización debe ser implacable. Si la tarifa subió, la paciencia del lojano por un servicio mediocre se terminó. Exigir calidad ya no es un favor, es un derecho que estamos pagando por adelantado.
Santiago Paul Saraguro Jaramillo
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