Hoy, Primero de Mayo, las calles no vibran con júbilo, sino con el eco de una crisis que nos asfixia. Conmemoramos el Día del Trabajo en un escenario desolador: un Ecuador donde tener un empleo digno es hoy un privilegio de pocos y no un derecho de todos. Bajo la gestión de Daniel Noboa, el país se fragmenta entre la propaganda oficial y la realidad cruda de las familias. La estadística es una bofetada: en una escala del uno al diez, apenas tres de cada diez ecuatorianos cuentan con un empleo pleno. Los otros siete deambulan en la precariedad del subempleo, el comercio informal o la desesperanza del desempleo total. Mientras tanto, el gobierno profundiza la herida con una ola de despidos en el sector público que, lejos de «optimizar», desmantela servicios vitales. Esta ausencia de Estado se siente en la piel. El IESS, nuestra red de seguridad, agoniza entre la falta de medicinas y citas que tardan meses en llegar; un sistema donde el trabajador aporta religiosamente, pero recibe desatención a cambio. La carestía de la vida no da tregua: con una canasta básica inalcanzable, el salario se diluye antes de la quincena, obligando al pueblo a elegir entre comer o pagar los servicios. Sobrevivir hoy es un acto de resistencia invisible. El trabajador ecuatoriano estira cada centavo mientras la inseguridad y los apagones golpean la economía del día a día. Nos están acostumbrando a la escasez, a la incertidumbre y al silencio. ¡Ecuador, despierta! Este día no es para el descanso, es para la reflexión profunda. ¿Qué estamos permitiendo? ¿En qué momento aceptamos que la dignidad fuera canjeable por promesas vacías? No estamos haciendo lo suficiente para defender nuestro futuro. Que este Primero de Mayo no sea solo una marcha, sino el compromiso de no seguir tolerando un gobierno que mira las cifras, pero ignora los rostros. Si no exigimos un cambio estructural hoy, mañana solo nos quedará el recuerdo de lo que alguna vez fue un país con derecho al futuro.
Marco A. González N.
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