Ecuador atraviesa una de sus crisis institucionales más agudas, donde la política ya no se mide por el bienestar social, sino por el valor de mercado de la indignación. El reciente proceso contra Mario Godoy, es el ejemplo perfecto de cómo el oficialismo de ADN (Acción Democrática Nacional) ha perfeccionado el arte de la simulación política para eludir su propia responsabilidad. Desde una mirada crítica, el análisis es ineludible: la censura de Godoy no fue un triunfo de la ética gubernamental, sino un ejercicio de supervivencia mediática. Mientras el relato oficial intenta posicionar a ADN como el gran inquisidor que «juzgó» la inoperancia judicial, la memoria histórica tan frágil en tiempos de TikTok nos recuerda que Godoy no brotó de la nada. Su ascenso estuvo marcado por su paso previo en instituciones bajo control gubernamental y una designación plagada de cuestionamientos que el oficialismo, en su momento, prefirió omitir. La estrategia es clara: cuando un aliado o un funcionario se vuelve un lastre electoral, se le entrega en sacrificio para purificar la imagen del poder. ADN no lideró este juicio por convicción; se subió a una marea impulsada originalmente por la oposición (RC) solo cuando el «costo político» de sostener a Godoy superó el beneficio de tener un aliado en la Judicatura. Es la política entendida como una suma de «likes» y una resta de responsabilidades. Lo grave para el Ecuador no es solo la caída de un nombre, sino la permanencia de una estructura social y jurídica capturada. Mientras las bancadas se pelean por la medalla de la fiscalización, el sistema judicial sigue siendo un territorio de impunidad donde la justicia llega solo para quien puede pagarla. En este mundo de cálculos electorales, el verdadero costo lo paga el pueblo: una tasa de muertes violentas sin precedentes y una institucionalidad que se desmorona mientras los políticos juegan a ser jueces. No basta con cambiar las cabezas si el cuerpo del Estado sigue enfermo de oportunismo. La verdadera fiscalización no se hace para las cámaras, sino para recuperar un país que se nos escapa entre las manos.
Marco A. González N.
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