La cantidad de escándalos que sacude el mundo apenas iniciado el año, presagian un nuevo tiempo marcado por las convulsiones simultáneas, y muchas de ellas ahogadas en un clima de impunidad, no solo de quienes juzgan, sino de quienes tendrían que asombrarse o condenarlo de manera ciudadana.
El orden de las cosas se ha trastocado para siempre. La perversión de lo que un día se creyó fundamental para la vida común, ha perdido importancia. En el concierto internacional: la ley del más fuerte. A hierro matar y a hierro defenderse de la muerte. La amenaza como fuente de la diplomacia. Al interior de los países: las democracias endebles, abriendo paso a los viejos fantasmas del autoritarismo y el neofascismo. Eso que se creía el espacio público: dominado por la violencia, la muerte, y la normalización de la vida en zozobra.
Una de ellas, que debería horrorizar hasta a los distraídos: magnates del mundo envueltos en severas revelaciones de pedofilia, y otros demonios. Círculos de influencia amasados por el dinero, la fama y el abuso de la dignidad de la gente. Niñas siendo perseguidas por quienes ofertaban dinero para usarlas como objeto de sus oscuros deseos. Hombres poderosos, influyentes, elevados absurdamente a la condición de ejemplares.
Lo abrumador de las noticias que se cuelan por todos lados, diciendo algo y diciendo nada. Informan, pero no dan luces, no crean sentido; o lo que es peor, sin lograr indignación en el menor grado. No se trata de apelar a moralismos estériles, sino de bogar por un mundo que respete la dignidad humana y no sea tan amenazante para el futuro común.
Pablo Vivanco Ordóñez
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