Cuando el reloj marque las doce de la noche, no ocurrirá nada

Nos cortamos el cabello, lo teñimos, lo dejamos crecer. Algunos corren, otros trepan montañas. Hay quienes escriben en diarios historias, pensamientos, versos; quienes suben fotos, frases, gestos mínimos de afirmación. Algunos buscan salir, otros conversar, otros jugar al ermitaño. Todos, sin excepción, tenemos rituales. Rituales de cierre y rituales de bienvenida, pequeñas coreografías con las que intentamos ordenar el caos.

Estos rituales son, en el fondo, ilusiones. Como el tiempo mismo. Freud lo advirtió con lucidez: la ilusión no es un error, es una necesidad; pero tarde o temprano, desilusiona. Esperamos el 31 de diciembre para declarar “por fin termina este año” —cada quien con su propio peso a cuestas— y aguardamos el 1 de enero para prometer que ahora sí: que este será el año en el que cumpliremos nuestros sueños, encontraremos el amor, el trabajo anhelado, el reconocimiento esperado. Y sin notarlo, volvemos a caer en la misma estructura de esperanza aplazada.

Esto puede parecer desalentador, pero no lo es. Al contrario. Si asumimos un realismo mínimo —como propondría Markus Gabriel— debemos reconocer que el calendario que rige nuestra vida cotidiana no tiene un fundamento ontológico profundo. El calendario gregoriano, instaurado en 1582 por el papa Gregorio XIII, no nació para otorgar sentido a la existencia, sino para corregir errores técnicos del calendario juliano y facilitar la coordinación social, económica y política. El 31 de diciembre y el 1 de enero son, en esencia, acuerdos. Convenciones. Fechas útiles, no verdades.

Sin embargo, sobre esa convención depositamos nuestras cargas más pesadas: dejamos atrás todo lo que no fue y colocamos adelante todo lo que deseamos que sea. Lo que no se logró, lo que se perdió, lo que se postergó. Vivimos tensionados entre un pasado que duele o tranquiliza y un futuro que seduce o angustia. Kierkegaard diría que allí nace la desesperación: en vivir proyectados hacia lo que aún no somos, olvidando habitar lo que ya somos.

¿Y qué es lo que realmente tenemos? Muerte, falta, desamor, ausencia, frustración. No como accidentes, sino como condiciones. Y frente a ellas, inventamos rituales: nos transformamos el cuerpo, escribimos, viajamos, subimos montañas, buscamos al otro, hacemos ruido, brindamos. No para negar esas realidades, sino para hacerlas soportables. Para que no nos golpeen de lleno.

Pero no todo es carencia. También hay amor, vida, presencia, sentido. Y eso no se alcanza por repetir rituales, sino por asumir quienes somos, donde estamos y celebrarlo. Nietzsche lo intuyó cuando nos invitó a afirmar la vida tal como es, sin garantías ni promesas trascendentes. Sartre lo formuló con crudeza: estamos condenados a elegir. No elegir también es una elección. Y no hay calendario que nos exima de esa responsabilidad.

Cuando el reloj marque las doce de la noche, no ocurrirá nada. Ninguna transformación ontológica, ningún reinicio real. Tal vez, en algún rincón de la historia, el papa Gregorio XIII sonría con ironía. Pero lo decisivo no está en la hora, sino en el gesto. En comprender que cualquier día puede ser umbral si decidimos asumirlo como tal.

Cortarse el cabello no cambia la vida, pero puede recordarnos que el cuerpo también elige. Dejarlo crecer no inaugura un destino, pero muestra una disposición. Subir una montaña no redime, pero confronta los límites. Una hora no es más que una hora. Un día no es más que un día. La diferencia no está en el ritual, sino en la conciencia que lo habita.

La verdadera libertad no consiste en creer que algo empieza de nuevo, sino en elegir, una y otra vez, incluso sabiendo que nada empieza del todo. Elegir vivir, aquí y ahora, sin delegar el sentido al calendario.

La vida no comienza de nuevo. Continúa. Continúa con sus pérdidas, con sus deudas afectivas, con sus silencios, con sus preguntas sin respuesta. Continúa con la muerte como horizonte y con la libertad como carga. Nadie nos rescata de eso.

Cortarse el cabello no transforma la existencia. Subir una montaña no la justifica. Escribir no la resuelve. Brindar no la salva. Pero en cada uno de esos gestos hay algo más hondo: la tentativa humana de no huir del peso de estar aquí.

Porque la verdadera elección no es empezar “un nuevo año”, sino decidir qué hacemos con este día, con este cuerpo, con esta historia que no reinicia. Elegir vivir sin garantías, amar sin promesas de permanencia, permanecer incluso cuando nada asegura sentido.

No hay fechas fundacionales. No hay comienzos puros. Hay decisiones frágiles, repetidas, imperfectas. Y en esa repetición —no en la ilusión del calendario— se juega la libertad.

Eso es todo. Y es suficiente.

Pablo Ruiz Aguirre

pabloruizaguirre@gmail.com

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