La única defensa: libros, cultura y educación

Hace unos días, Pérez-Reverte señalaba que la solución al deplorable estado de nuestro tiempo es la educación, porque esta da lucidez y, a su vez, la lucidez da criterio político, es la que hace ciudadanos. Imposible no resaltar estas palabras, en letras prodigiosamente grandes como lo haría P. Palacio. Imposible no compartir su indignación sobre España, pero tan aplicable a la realidad nuestra, a la realidad de esta patria que se hunde en un fango sinuoso. Pues, nos advierte, el problema no es político, sino psicológico, porque nos han traumatizado, y eso ha impedido que tengamos una cultura política. O si acaso existe, es vacua, es pueril.

Y ante ello, nos dice, “la única defensa es la cultura, la educación, la que nos permite distinguir los lobos de los corderos, los canallas de los honrados, la que nos permite votar mejor o peor (…)”. Por eso invita con tanto ahínco a leer y a leer porque “un libro es un arma defensiva”. Y sí, porque los libros, la educación y la cultura no debe ser privilegio de pocos –como ahora pretende el gobierno con sus políticas neoliberales–, sino tierra fértil para el pensamiento de muchos. Porque son los únicos que nos permiten tener un criterio formado y nos hacen menos ignorantes, menos simplones; los únicos que nos dan la capacidad de receptar los acontecimientos con una predisposición crítica, y a partir de ello dirimir lo que mejor puede ser para nosotros como nación.

Y hoy, sin desconocer las brechas digitales, no debería ser problema acceder al conocimiento, porque en un móvil puede caber la historia del mundo, bibliotecas enteras, recursos educativos ilimitados. Pero la mayoría consume su tiempo –su tan valioso tiempo–, en el chisme digital, los reels, los bailes de TikTok y tantos despropósitos. Y esos mismos individuos se preguntan por qué los políticos son una sarta de insolentes, y opinan buscando imponerse e invalidando argumentos sólidos, objetivos. Los mismos que provocan, con sus decisiones electorales, retrocesos y más retrocesos, pero luego viven de la queja y el lamento, y en otros casos de la hipocresía disimulada, porque ni se quieren educar, ni quieren asumir las consecuencias de sus limitaciones, en demasía contagiosas en la república ecuatoriana.

José Luis Íñiguez G.

joseluisigloja@hotmail.com

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