¿Los pobres son pobres porque quieren? La farsa de un sistema que sangra raíces

La pobreza no es un camino elegido, sino un laberinto cuyas paredes construye el poder. Quienes repiten que “los pobres son vagos” ignoran que vivimos en un sistema que es un constante juego de poder. Amartya Sen lo desmontó en Ética del desarrollo: “La pobreza es una tiranía que roba el pan y la capacidad de soñar”. Un niño del suburbio no decide su futuro: el 50% de su riqueza adulta depende del bolsillo de sus padres (Banco Mundial). ¿Acaso un árbol elige no crecer en tierra estéril? 

Karl Polanyi advirtió en La gran transformación: los mercados no son leyes naturales, sino arquitecturas humanas. Cuando el empleo es un colchón de clavos (60% informalidad en Latinoamérica, OIT), ¿cómo escalar sin desangrarse? La pobreza es un pozo sin escaleras: exige saltos sobrenaturales.   Sin embargo, la evidencia desmiente los prejuicios, Uruguay redujo la pobreza del 32% al 8% con transferencias condicionadas, según Ha-Joon Chang en Economía para el 99%. Culpar al pobre es como reprochar a un pájaro no volar enjaulado. El neoliberalismo miente: los subsidios no alimentan la pereza, sino oportunidades. 

La solución no son sermones, sino políticas que siembren puentes. Impuestos progresivos, educación pública de calidad y créditos sin usura. Keynes alertó: “El capitalismo sin ética es un vampiro; hay que domarlo con normas que prioricen la vida sobre el lucro”.  La próxima vez que un “liberal libertario” repita el mito, recordemos: la pobreza no es un vicio, sino una herida abierta por un sistema que sangra raíces. El antídoto se llama justicia.

Jorge Abad 

jhabad@utpl.edu.ec

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