Aunque Irene Vallejo nos recuerda que “el exhibicionismo a toda costa no es un fenómeno exclusivamente contemporáneo” (El infinito en un junco, p.140), haciendo alusión al famoso incendiario Eróstrato (Éfeso, siglo IV a.C.-356 a.C.), no hay duda de que nuestra sociedad de hoy padece del Síndrome de Eróstrato. Pues abundan aquellos y aquellas que buscan fama, notoriedad, aquellos que tienen un deseo patológico de popularidad y que, para conseguirla, están dispuestos a todo. Temo que esta última palabra engloba literalidad.
Desde la psicología se ha identificado un patrón de baja autoestima en estos individuos, aunque también concurren escenarios, a mi parecer, socialmente coyunturales. Respecto de lo primero, por ejemplo, hay muchos perfiles en redes sociales que están infestados de ridiculeces, contenidos vacíos, polémicas fatuas, exhibicionismo del cuerpo a un nivel impresionante de sexualización, y tantas otras banalidades que vemos a diario. ¿El objetivo? Alcanzar fama, popularidad, dar de qué hablar, ser “noticia” y, por supuesto, monetizar. Hoy gana más el que aprendió a ser risible y mostrador, que un profesional que ha invertido tiempo, esfuerzo y dinero para alcanzar su meta de vida… Ante la ausencia de inteligencia y neuronas, la lógica es, básicamente, alcanzar notoriedad a como dé lugar. No importa, por tanto, por qué hablen de aquellos. Lo importante es que hablen, sin más. Nivel de descomposición mayúsculo.
Y si extrapolamos respecto de lo segundo, está como ejemplo la política electoral. Dado que los jóvenes y adolescentes de hoy se remiten a la inmediatez otorgada por las redes sociales, nuestros candidatos están siempre muy predispuestos a hacer el ridículo con el fin de captar votos. Lo paradójico es que lo logran. Por eso no se escatima esfuerzo alguno. La coincidencia deplorable, sin embargo, en cuanto al primer aspecto que abordamos, es que a la gran mayoría de los candidatos también les falta inteligencia, por apenas ocuparnos de algo.
En todo caso, si a eso llamamos Síndrome de Eróstrato, no sé cómo deba llamarse el síndrome del que sufren los que consumen ese contenido, que lo aplauden y gozan abiertamente. ¿Síndrome de la pendejez anárquico-mayoritaria? No solo sé. Algunos me acusarán de grosería y como en cierto relato palaciano querrán gritar “Allí está, véanlo, véanlo como parece…”. Lo siento, pero la hipocresía y el eufemismo causan hartazgo altamente vomitivo.
José Luis Íñiguez G.
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