Le he dado siempre un valor mayúsculo a la amistad que, en sentido estricto, solo puede ser y fundirse como tal cuando está sólidamente asentada en la honestidad, la transparencia, el cariño, la lealtad y la ayuda mutua. Y más allá de que sea concebida como la construcción de un vínculo social, en realidad se trata de un vínculo afectivo, emocional e incluso racional que, al mantenerse, influye positivamente en nosotros.
Por tanto, creo que quienes podemos preciarnos de contar en nuestras vidas con amigos verdaderos, somos afortunados. Sencillamente por el hecho de que amigos verdaderos, reales, diáfanos… escasean y no abundan. Por ello suele ser un error buscar amigos en cantidad, cuando hay que buscarlos de calidad. De aquellos que son, están, permanecen conscientes de que la amistad real valora y honra la dignidad y condición humanas del otro; de que la amistad real respeta y sostiene la integridad del otro, la cuida y procura conservar, basados en el respeto y la gratitud, la relación estrecha que se ha edificado. Conscientes de que la amistad es incompatible con el egoísmo, la envidia, la cizaña, la hipocresía y el interés puramente material. Conscientes de que cuando se cultiva una amistad en este sentido ideal del que aquí ensayamos, se cultiva una de las formas más genuinas de amar.
Y si la amistad entraña esta realidad, que a veces parece utópica, entonces lo esencial no solo es conservarla sino también disfrutarla. Esto último implica disfrutar de aquellos amigos auténticos, de sus logros, aciertos y locuras, pero también de sus errores y de sus penas. Un equilibrio que a veces nos cuesta lograr, pero que resulta necesario en aras de dimensionar lo que significa vivir a plenitud. Será por ello que el abrazo de un buen amigo reconforta tanto. Será por ello que la alegría de un buen amigo se siente como propia. Será por ello que, ante la dificultad de un buen amigo, uno se siente llamado a intentar aliviarla. Será por ello que el buen amigo sabe ser buen amigo. Y que por ello se agradece tanto el hecho de tenerlos en nuestras vidas.
José Luis Íñiguez Granda
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