
Me he comprado un Mini Austin de 73, como proyecto personal, para restaurarlo con mis propias manos, aunque no tengo ni idea de cómo hacer muchas cosas.
Durante el proceso estoy aprendiendo mucho. Aprendí que, si hago una cosa ahora y otra después sin tener una idea global de lo que quiero hacer, cometo errores que tendré que solucionar después. Si me centro en una sola cosa, sin ver el conjunto, no quedará bien.
Un poco de masilla por aquí, un poco de pintura por allá, revisar el motor, las ruedas, asientos, etc. Todo va bien, todo funciona y se ve bien… pero el conjunto no funciona. Es un auto funcional, se puede conducir, me lleva y me trae donde quiero, es un auto, pero no es mi auto. Puedo pasarlo bien con él, puedo viajar, puedo presumirlo, puedo hacerle los cambios que quiera y añadir los detalles que me gustan, pero no siento que me dé lo mismo que yo le doy.
Cuando restauras un auto lo haces a tu gusto, pero no te paras a pensar si eso es lo que el auto necesita. Tú crees que lo que le haces es lo mejor y que si pudiera hablar te diría que es genial y estaría muy agradecido. El problema es que si pudiese expresarse te diría que esas llantas no son las adecuadas, que esa pintura es horrible, que el aceite que le pusiste es de mala calidad y que además usas mal el embrague y le haces daño en la caja de cambios.
Lo que tú le das al Mini puede que no sea lo que necesita. Restaurar el Mini es como estar en pareja, hay que entender a la otra parte.
Victoriano Suárez Álvarez
victorianobenigno@gmail.com