
La aceleración del tiempo actual hastía a la gente. La inmensa variedad que se nos presenta en el mundo, como si fuese un bazar infinito donde hay algo para todos, inclusive miseria y olvido, ha hecho que las modas sean aceptadas, consumidas, y desechadas sin posibilidad siquiera de pensar sobre ellas. Son ellas las que nos sobrepasan. La inmediatez con que suceden las cosas, la frivolidad con que se comunican, y la rapidez con que desaparecen de la escena, hace que ciertos acontecimientos pasen desapercibidos, no se conversen sobre ellos, no se vierta ciertas reflexiones.
Los medios de comunicación poco tiempo tienen de procesar con suficiente hondura los fenómenos, acontecimientos e ideas que merecen un tratamiento más paciente o profundo. Y mucho menos los ciudadanos, que, al intentar centrar su mirada en algo, ya se han perdido de otro vendaval de hechos. Esa aceleración nociva que trae al futuro tirado de los cabellos, que lo hace actual tan rápido como lo deja caduco. No da espacio a que se cultiven ciertas formas que en algún momento permitieron cultivar el espíritu humano. La cultura, como fenómeno humano, que atraviesa todas las prácticas, se creó al calor de lo que no tiene valor en el mercado: las tertulias, los encuentros, el ocio, la fiesta, el arte. Se ocurre entonces que la resistencia es una urgencia para una vida con mejores sentidos, con mejores imaginarios del futuro, con mejores espacios para cultivar la humanidad, para negarse a los imperativos del mercado, de la moda, de los falsos nuevos profetas. Esa resistencia precisa también de espacios no invadidos por las pantallas, las redes, la acumulación y la violencia.
Pablo Vivanco Ordóñez
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