De mi amor por los libros (I)

A lo largo de mi vida, los libros han tenido una importancia mayúscula. Cuando en ocasiones me han preguntado de dónde viene mi gusto por la lectura, siempre he afirmado, sin dubitaciones, que la primera gran promotora fue mi madre. Aún recuerdo cuando, siendo niños (hablo en plural porque incluyo a mis hermanos), adquirió un estante grande que, de a poco, fue poblándolo con libros que ella juzgaba eran necesarios para nosotros. Eran, sobre todo, libros con fines eminentemente educativos –hablando en términos convencionales y formales–, como por ejemplo las enciclopedias, las Fábulas de Esopo o los cuentos infantiles. Aún conservo esas ediciones.  Años más tarde, ya en mi etapa secundaria, recuerdo que mi madre sintonizaba, a primera hora de la mañana, un programa educativo-cultural en una de las radios de la ciudad, y en el que el presentador ofrecía sus libros sobre leyendas y tradiciones de Loja. Mi madre tampoco dudaba en adquirirlos. Y fue en esta misma etapa, ya con la curiosidad sembrada por los mundos que brotaban de los libros, que mi interés fue creciendo al punto de que, en octavo año, tuve el atrevimiento de pedir prestado, en el Rectorado de mi Colegio Miguel Ángel Suárez, la edición conmemorativa de Don Quijote de La Mancha, publicada por la RAE en 2004. Leí los primeros capítulos, con cierta dificultad por supuesto, y recuerdo que en notas adhesivas apuntaba las palabras que me resultaban desconocidas. Enseguida consultaba su significado para seguir con la lectura. El Quijote me resultó deslumbrante, sin duda, pero lo dejé porque, quizá, aún no estaba del todo preparado. Lo retomaría, con éxito, en mis primeros años de universidad y luego sería uno de mis libros cumbre. Hoy atesoro varias ediciones de esta obra que para mí tiene una importancia mayúscula (1/2).

José Luis Íñiguez G.

joseluisigloja@hotmail.com

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