
Hablar de la educación superior en Loja es reseñar a una emblemática institución que desde su creación ha brindado un prominente legado al arte, la cultura, la ciencia, la tecnología y la sociedad. Me refiero a la Universidad Nacional de Loja, devenida de las Facultades de Jurisprudencia, Medicina y Teología el 31 de diciembre de 1859, a decir del historiador lojano Hernán Gallardo Moscoso, quien menciona aquella fusión del, en otrora Colegio Bernardo Valdivieso (Colegio La Unión y San Bernardo) fundado por los jesuitas en 1727, y que contó con la filantropía de varios benefactores que aportaron al impulso educativo del sur del Ecuador, sin imaginar siquiera que de esta entidad, germinaría en el “último rincón del mundo” la destacada Universidad Nacional de Loja.
Hoy en día las universidades ecuatorianas enfocadas en formar profesionales de alto nivel, están además obligadas a impulsar investigaciones para el servicio de nuestra sociedad, convirtiéndose en artífices y propulsoras de la innovación y la trasdisciplinaridad. Es así que, en el caso de la Universidad Nacional de Loja, se ha priorizado el establecimiento de una comunidad de investigadores para la producción del conocimiento, el desarrollo de la creatividad y el juicio crítico. Los datos saltan a la vista, y no es para menos avizorar durante los últimos años, nuevos aires en una entidad de formación superior, cuando quien ha tomado el timón ha sido una persona de amplia trayectoria y humanismo, como lo es el Ph.D. Nikolay Aguirre, quien se ha desempeñado en la academia e investigación a nivel nacional e internacional, ha dirigido programas, investigaciones, y cuenta con una prolífica producción científica en la que constan libros, capítulos, artículos científicos, entre otros.
No cabe duda que los líderes establecen una visión, pero su éxito lo define el equipo de trabajo.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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