Hombres y mujeres que habitamos en esta Tierra siempre nos equivocamos y mientras más hacemos, no solo que nos equivocamos más, sino que también cometemos errores, unos en forma inconsciente y de buena fe; otros con plena conciencia, inclusive con premeditación y alevosía que por lo general causan fuerte daño, dolor y lágrimas a los demás.
En nuestra sociedad lojana esta mala costumbre viene ganando espacio y hasta se valora con admiración como gran hazaña cuando han logrado sus pretensiones, pese a la mala fe, con la que se ha actuado.
Vemos con estupor y alarmante preocupación que, precisamente, nuestras autoridades y mandantes nacionales, prevalidos del poder que ostentan, no aceptan los errores cometidos y más bien buscan cualquier pretexto y artimañas para tratar de hacer creer a sus mandantes, que son las personas más pulcras, que alguien no los deja trabajar y que deben ser reelegidos o ratificados para que en la próxima oportunidad puedan cumplir con sus ofertas o que simplemente cesen de “molestarlos”.
Este es el caso más palpable que, en estos últimos tiempos, dolorosamente estamos viviendo en todo el país. Si a las justas logramos sobrevivir de la pandemia del Covid-19, también, del hambre, la miseria y falta de oportunidades para subsistir, por no existir políticas públicas, teníamos la esperanza en que pronto nuevos días vendrían, pero la situación se ha vuelto insoportable y cada vez se pierden las esperanzas y se agota la paciencia del pueblo ecuatoriano.
Señor presidente, Guillermo Lasso, en un gesto de nobleza, caballerosidad y por amor a la Patria que le dio su confianza y la oportunidad para que se cumplan sus deseos de gobernar este país, acepte sus errores, evite enfrentamientos, ofrezca disculpas y dé un paso al costado. Así nuestra historia ecuatoriana será más benigna en su condena y sanción.
Rómulo Acaro Guerrero