El sentido de oportunidad de quienes hacen política es fundamental. Saber leer los contextos se vuelve imprescindible para anticiparse a las debacles, o para disminuir la incidencia de efectos colaterales. En este país, escasean los políticos de mirada periférica. Tenemos los que andan por una sola vía, escuchan solo una verdad, tienen su confesor y emisario inamovible, viven encerrados, repiten consignas, responden cuando los pinchan, y callan cuando sus respuestas no alcanzan la complejidad del mundo que ignoran.
Los grandes alcances -no siempre positivos de nuestro tiempo- son aquellos que nos incitan a pensar que estamos arrojados en el mundo, que somos seres sin historia, y que vamos hacia donde la voluntad empuje. Si antes se condenaba la sobre-ideologización de quienes hacían política, hoy, hay una sobre-vaciamiento de propuestas ideológicas. Hay que evitar, por las muestras que nos han dado, la llegada de políticos acuosos, sin firmeza ni en las ideas, ni en la acción.
Nuestra clase política parece venir de la banalidad y la superficialidad a la que quieren conducir a todos. Para ellos solo importa la coyuntura, y se enfrascan en solucionarla superficialmente. No advierten que hay causas que no se combaten, y consecuencias que solo se aplazan. El utilitarismo con que actúan sólo les es funcional a sus intereses electorales, y lesivo de cara al futuro. En lugar de habitar la calle, el espacio público, y con la gente, prefieren interactuar con usuarios, en espacios virtuales, y en la red, donde les crean la ficción de tener el poder. Aunque suene paradójico, en estos tiempos, es urgente humanizar la acción política.
Pablo Vivanco Ordóñez
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