Hoy como ayer el Ecuador ha sido crucificado por su clase política. Abandonado a merced de sus torturadores, en lo alto de un eterno calvario, nuestro pobre país sigue soportando todos los rigores de una pasión que se renueva cada periodo democrático. Tanto a su derecha como a su izquierda se encuentran ávidos ladrones y en este caso, por desgracia, ninguno es un ladrón bueno y ambos si buenos ladrones, muy duchos en su dudoso oficio. Tanto Dimas como Gestas con miradas feroces, gritando a voz en cuello y apoyados por una barra de seguidores se reprochan las fechorías de antaño y los negociados de hoy. Nada queda fuera de las acusaciones mutuas, ni los contratos de transportación petrolera, ni las coimas de grandes compañías, y menos la posibilidad de que el Estado asuma las pérdidas por la diferencia de las tasas de interés en las deudas que eminentes personas privadas han adquirido en el extranjero lo cual, sin duda, constituiría un robo descarado de los escasos bienes de un país que se proclama siempre en crisis y en déficit pero que, a través de ingeniosas maniobras rateriles, es permanentemente capaz de enriquecer a las numerosas tribus seguidoras de aquellos cacos que infestan los horizontes ideológicos de la derecha y de la izquierda.
Sopla un viento ominoso y se acerca la hora nona en la cual el Ecuador, agotadas sus fuerzas, cercado por la delincuencia organizada y despojado de toda esperanza, se asoma a un naufragio moral en medio de reclamos iracundos de acuciosos “trolls” que proclaman que su jefe es el verdadero ladrón bueno y que el otro es el granuja que ha arruinado al país. Desde el punto de vista del pueblo que sufre los rigores de esta crucifixión tanto el uno como el otro son despreciables.
Carlos García Torres
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