Así como hay niños que nacen enfermos también hay civilizaciones, países y ciudades que nacen enfermas, es el caso que nuestra civilización occidental nació enferma y ahora está en cuidados paliativos próxima a su muerte. Así mismo hay países que nacieron enfermos y ahora están marcados por violencias históricas y sistemáticas. Lo mismo sucede con las ciudades, nacieron enfermas y hoy padecen de violencias, marcadas además por una total indolencia por parte de las élites que las gobiernan. Es el caso de Guayaquil, por poner un ejemplo, que se encuentra en el listado de las ciudades más violentas del mundo. Históricamente en Guayaquil se concentró la riqueza económica que generó, y sigue generando, aglomeraciones, gentes que migraron a la urbe porteña para encontrar un “futuro mejor” y como consecuencia de ello emergieron los suburbios con insalubridad, inseguridad, donde se aplican políticas de muerte (necropolítica). En este momento Guayaquil está en cuidados intensivos esperando que le llegue la muerte. Ahora bien, soy optimista con Guayaquil, nadie es perfecto, y creo que nuestra generación va a ser testigo del nacimiento de la nueva Guayaquil, para ello se requiere que los próximos gobernantes apliquen biopolíticas (políticas de vida, que no necropolíticas), en beneficio de las gentes. El trabajo debe empezar por los suburbios y tugurios con brigadas de salud (física y mental), mingas de seguridad barrial, autoorganizar a los barrios en torno al apoyo mutuo y la eusocialidad en todos los ámbitos. Concomitantemente hay que descentralizar el poder económico de Guayaquil hacia otras ciudades, para ello el Estado deberá cumplir con su rol de redistribución de la riqueza, esto implicará gobernar con justicia y pudor; es decir, que los intereses crematísticos de la élite guayaquileña, que son pocos, no se impongan frente a los intereses de la mayoría de las gentes que están sufriendo.
Jorge Benítez Hurtado
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