Carlos García Torres
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Los cielos plomizos que en las últimas semanas cubren todo el país anuncian y cumplen sus ominosas promesas de tormenta. Cualquiera pensaría que hemos vuelto a los días de Noé y que nuestro país está sometido a un proceso de lavado general por la suciedad acumulada a lo largo de tantos años de trapacerías políticas y económicas. Las lluvias, que parecen recoger la indignación popular, han destrozado carreteras, puentes, calles, viviendas, negocios y en muchos casos las esperanzas de quienes han perdido lo poco que habían podido guardar de una vida entregada al trabajo. Afortunadamente nuestro pueblo no pierde su buen humor y en la provincia de los Ríos, por ejemplo, se puede ver que se aprovechan las inundaciones para disfrutar de un alegre día de playa con buenos chapuzones, refrescantes cervezas y dosis masivas de estoica resignación frente a estos húmedos infortunios. En la capital, en cambio, los aguaceros traen ceños adustos y gestos agrios. Las tormentas políticas rugen con truenos ensordecedores que surgen desde las empíreas nubes de la Asamblea o de Carondelet. Tanto ruido, como es natural, disimula las realidades que se ocultan en ese clásico horizonte de corrupción y que, sin consideración de banderías ni de protestas de santidad, salpican a todo el espectro político. Dedos airados señalan en todas las direcciones y develan coimas, sospechosas conexiones, antiguas vergüenzas, sin que a los involucrados les importe un comino la terrible gravedad de las acusaciones que sobre ellos pesan. Y mientras los profetas del periodismo y los constitucionalistas lanzan al viento insufribles prédicas tratando de calmar la tempestad, la gente llana, la que espera pacientemente ser algún día reivindicada, toma su humilde balde plástico y trata de sacar el agua y la suciedad de sus viviendas y de sus vidas.