El anarquismo es por supuesto en sustancia una creación de la cultura occidental. Sostiene la autonomía del ser humano y su desenvolvimiento político, económico, social y cultural, fuera de la esfera estatal. Fomentándose la autogestión y la militancia individual y colectiva más allá del campo político. No obstante, con el devenir de los años, el anarquismo vendría a desfigurarse increíblemente. Primero dentro de los mismos núcleos anarquistas de antaño, en donde por motivo de participar en conflictos bélicos (como la Guerra Civil Española) ya se habían infiltrado en las escuadras anarquistas, personal de mal haber, increíblemente indisciplinado; llegando incluso a desaparecer armamento dentro de su misma facción. Avanzando en el tiempo, nos percatamos de como el término anarquista fue captado por tribus urbanas, que, por supuesto desconocían en sustancia lo que era el anarquismo, relacionándolo directamente con el vandalismo y el caos; acepción que, por supuesto se popularizó, siendo incluso reclutados históricamente por grupos políticos que les manipulaban a través de subvenciones. Es aquí en donde el anarquismo sufre un proceso de lumpenización (aunque existen claras excepciones) con un marcado declive de aquella doctrina creada por filósofos barbones de occidente, esta vez reemplazados por hordas delincuenciales de oclocracia y lumpen, cuyo conocimiento doctrinal por supuesto era nulo, o se sostenía a través de enfoques ideológicos personales (basados en algunos casos en resentimiento social e histórico).
Es así como se terminó con el ideal creador del anarquismo, convirtiéndolo en una “figura” escueta y desvirtuada dentro de los círculos políticos formales y la sociedad en general. Por ello se ha considerado menester dentro de los círculos ácratas el reconstruir el anarquismo filosófico y práctico desde su base.
Rodrigo Monsalves
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