Ahora que se han acallado las voces y los ecos de los muchos partidos emocionantes del reciente campeonato del mundo, bien vale la pena echar una ojeada al estado de nuestra propia cancha nacional y a la situación del interminable torneo contra la pobreza que desde hace tantos años libramos. Desde el pitazo inicial de nuestra República hemos sido dirigidos por técnicos de diversa índole, todos han cobrado grandes emolumentos y bonos, todos han fracasado estrepitosamente en el intento de alcanzar cualquier copa, aún la más humilde. El rival es poderoso y siempre juega de local, puesto que la pobreza está presente en todas las provincias, pero hay que reconocer que la plantilla de jugadores que nuestros ilustres técnicos escogen para cada encuentro siempre es muy deficiente y fracasa en el momento de la definición sea por falta de interés o sea por franca deshonestidad. Y así la falta de gol de nuestros equipos gubernamentales, a lo largo de toda la historia nacional, nos ha puesto en una situación muy comprometida que está cerca de la pérdida de categoría de país medianamente desarrollado.
Mientras tanto la hinchada cae en el desánimo. Es una barra fiel que alienta los noventa minutos y que pone lo mejor de su esfuerzo y su buena voluntad para que nuestro Ecuador salga adelante. De nada sirven, sin embargo, todos los desvelos de nuestros hinchas porque ni el cuerpo técnico, ni la dirigencia responden como deberían o demuestran el mínimo amor a la camiseta. Corre inclusive el rumor de que los dirigentes escogen exclusivamente los entrenadores que sirven mejor a sus intereses monetarios. Además, los árbitros encargados de hacer cumplir las reglas del juego son indiferentes a la justicia y perdonan cualquier falta. Por todo esto urge una renovación total de la vieja cancha.
Carlos García Torres
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