Cuando ingresamos a una casa de salud, cualquiera sea su modalidad y trascendencia, encontramos a su personal con la vestimenta que los distingue: uniforme, ahora de variados colores, su mandil y su mascarilla, cumpliendo con las actividades inherentes a sus funciones y especialidad.
Sin embargo, la mascarilla, cubre boca o tapa boca, desde marzo de 2020, dejó de ser una prenda del vestuario del personal médico, para ser de uso obligatorio de todas las personas, para protegerse de la terrible pandemia del coronavirus o covid 19 que, con la velocidad del sonido, se propagó por todo el mundo, ocasionando, hasta el momento un número superior a los 7 millones de fallecidos, cifra que, para entendidos en la materia, puede ser el doble o triple. En nuestro país oficialmente se dice que han fallecido 35940 personas, aunque, para muchos esa cifra puede duplicarse.
Hace pocos meses, cuando el covid, aparentemente, había llegado a su fin, desde esferas gubernamentales, se celebró con regocijo este hecho y el COE nacional sugirió la eliminación del uso de la mascarilla, recomendando hacerlo en lugares cerrados y de poca ventilación. Posiblemente, desde entonces, la gente se relajó y las consecuencias empezamos a sufrirlas.
Es que, lamentablemente, a pesar de que desde el Ministerio de Salud y organismos adherentes se ha promocionado la vacunación anti covid, desde enero de 2021, hasta diciembre de 2022, un porcentaje considerable sí lo ha hecho con la primera y segunda dosis; las dos dosis de refuerzo, muchas personas creyeron que no eran necesarias y no se administraron… ¡qué gran error!
Ahora, ante el crecimiento sostenido de casos de covid y sus nuevas variantes, además de la influenza y afectaciones respiratorias, a nivel de todo el país, el COE nacional dispone el uso OBLIGATORIO de las mascarillas, principalmente en los espacios cerrados; es cierto que la mascarilla nos molesta, hasta nos impide respirar con normalidad, sin embargo, con el propósito de protegernos, es necesario su uso. Cuidémonos ahora, para no tener que lamentar mañana.
Darío Granda Astudillo
dargranda@gmail.com