Al mirar a las personas con las que nos cruzamos a diario, notamos que en ellas llevan ventaja las expresiones que van desde serias, hoscas, hasta agresivas. El niño aprendió a poner cara de disgusto viendo a los adultos, y el perro aprendió de su amo y el amo de su perro a tener humor de perros y a poner cara de perro bravo.
¡Para qué tomar la vida tan en serio si al fin y al cabo no saldremos vivos de ella! El humor no está reñido con la profundidad de la vida. Todo lo contrario: tener sentido del humor es responder con actitud positiva en situaciones difíciles. El buen humor nos ayuda a crear ambientes más relajados y favorables para la toma de decisiones y la solución de conflictos.
Una bienaventuranza popular que encontré por allí, dice: Bienaventurados los que se ríen de sí mismos porque nunca les faltará motivo de qué reírse. Reírnos de nosotros significa que estamos a gusto con nuestra vida, con lo que somos, con lo que tenemos y también con lo que nos hace falta.
Cuentan de aquel mozo de cafetería que hizo un solo recibo de consumo del señor y de la señora que desayunaban en la misma mesa. Ante la protesta del señor que decía que ni siquiera conocía a la dama que desayunó en frente suyo, el mozo exclamó: Perdón, pero como nunca cruzaron palabra entre ustedes pensé que eran marido y mujer. Esto sucede cuando falta el amor y también un poco de humor que ayuden a descifrar los difíciles jeroglíficos de la vida en pareja.
Definitivamente muera en nosotros el hombre y la mujer viejos y nazca el niño alegre y dispuesto a reír un poco más. Ese niño que, con una broma de buen gusto, ríe a carcajadas y nos descubre que reír es un don y una sabiduría elemental y profunda.
Zoila Isabel Loyola Román
ziloyola@utpl.edu.ec