El filósofo Maurizio Ferraris trabaja acerca de la idea de la “documentalidad”, es decir, de las formas mediante las cuales la existencia humana se relaciona y a veces es definida por los documentos, por los archivos, por los expedientes, en fin, por la apretada trama que hemos creado para mantener viva la memoria y que ahora se ha transformado en una red asfixiante. Nuestro nacimiento ha sido escrupulosamente registrado, así como la fecha exacta en la que terminamos nuestros estudios. Los otros actos de nuestra vida, los buenos y los vergonzosos, también se encuentran cuidadosamente fijados en algún fichero informático. En alguna oscura oficina, de pie frente a un archivador, o con la mirada fija en una pantalla, un ignoto burócrata juzga con gesto ceñudo nuestras acciones.
Los varios juzgamientos a los que diariamente nos sometemos tienen una desdichada tendencia a las sentencias condenatorias. Todos sabemos que cuando acudimos a una oficina para despachar algún asunto llevamos la causa perdida de antemano. Desde la ventanilla nos miran con desdén y con sospecha. Hasta hace poco nos exigían una partida de nacimiento actualizada porque se dudaba de nuestra propia existencia. Debíamos comprobar reglamentariamente que no somos meras sombras o ilusiones de una fatigada mente administrativa. Hoy es indispensable cargar con nuestra cédula de identidad, para demostrar que seguimos siendo la misma persona que dejó la cama en la mañana.
El ciudadano carga ya con una culpabilidad preestablecida. Cualquier petición acarrea la posibilidad de un acto incorrecto o francamente delincuencial. Parece ser que esto se debe a la propia debilidad moral de los funcionarios. Sabiéndose capaces de actos reprochables piensan que los demás también lo son. La rosada presunción de inocencia de nuestra constitución cede ante la grisácea presunción de indecencia de la realidad.
Carlos García Torres
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