Los tiempos de hoy bien pueden leerse bajo la condición del ‘sacrificio’, y no precisamente como la más común de las acepciones: como ella que nos dice que todas las cosas que debes conseguir han de hacerse bajo su condición. Escribo aquí del sacrificio como acto de abnegación, sino como operación que da muerte a algo. Viejos valores han sido sustituidos, y viejas formas de vida han sido dadas de baja por nuevas categorías que se promueven incesantemente por todas las vías que hoy ocupan casi la totalidad del mundo: el celular, el internet, y las redes.
Vivimos en tiempos de sacrificio del erotismo por la pornografía, de la satisfacción por el lujo y de la salud por la vanidad. El misterio ha desaparecido para darle paso a la morbosa transparencia que exige que todo debe ser público. Vivir bien se traduce en vivir con las cosas que dice la propaganda y la moda actual. Las vidas saludables de hoy, se resumen en métodos estéticos, de gimnasio, y de fotos perfectas.
Los trabajos exigen que el trabajador sea su propio verdugo, su propio explotador: si no cumples, no te cumples. El conocimiento se vuelve vano e inútil si no tienes un título que lo acredite, y si tienes título, podrás no saber nada, pero tienes título. Se sacrifica la realización del ser en el trabajo por la realización de un principio de rentabilidad, sacrificamos el conocimiento por la justificación de saber algo.
Y así sigue: celulares por encuentros, emoticones por palabras, ‘un abrazo’ por un real abrazo, mundos virtuales por mundos reales, velocidad por adrenalina, resúmenes por libros, eficacia por contenidos, etc.
Pablo Vivanco Ordoñez
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