Manchados de sangre

Colombia tiene muertos en las esquinas. En las plazas, sembrados los cuerpos yertos como monumentos a la resistencia. Las madres han salido de sus casas, con sus hijos a cuestas, con los papeles viejos escritos, pintarrajeados, gritando sus dolores, y sus denuncias. Son gritos, son pasos, y son palabras que nacen de lo profundo de la dignidad y hurgan un poco de dignidad en quienes son herederos del matrimonio entre el poder y el narcotráfico, entre las élites descarnadas y los políticos fascistoides, entre la policía y el paramilitarismo.

En Ecuador hemos perdido la indignación por montarnos en los tiovivos acelerados por los medios de comunicación y los políticos fieles a la ‘seguridad nacional’ que gustan hablar de defender la democracia, la institucionalidad y la macroeconomía, pero que enrevesados se niegan a mirar las muertes causadas por los verdugos elevados a categoría de dignatarios.

Para el neoliberalismo y sus soldados no huele bien la gente en las calles y por eso la reprimen; la gente se niega a abandonar la protesta, saben que se juega la esperanza de ver a su país con un poco menos de sangre y con un poco más de sueños.

Hay que hablar de lo que se calla demasiado. Entre el 28 de abril y el 03 de mayo en las protestas en Colombia, han existido 1181 casos de violencia policial, 142 víctimas de violencia física, 26 víctimas de violencia homicida, 71 detenciones arbitrarias, 216 intervenciones violentas de la fuerza pública, 56 casos de disparos de armas de fuego, 9 víctimas de violencia sexual.

Pablo Vivanco Ordoñez

pablojvivanco@gmail.com