Una se hace feminista por su propia historia

Cada palabra, cada texto, cada opinión emitida por una mujer, más aún cuando ésta extralimita la perspectiva hegemónica de un supuesto sentir políticamente correcto, es un homenaje a nuestras ancestras. Homenaje justo y necesario por todas las veces que tuvimos que callar y agachar la cabeza para sobrevivir.

Nuestra historia nos hace feministas porque a las mujeres nos toca; se nos obliga a vivir desdenes cuando la historia y la sociedad ya tienen escrito nuestro futuro; aquel predeterminado entre la subordinación, la sumisión y la obediencia a una persona o un sistema.

Una se hace feminista por su propia historia porque si o si, nos toca vivir situaciones de violencia. Todas ellas estigmatizadas, llenas de prejuicios y sin sentido. A todas nosotras nos ha tocado vivir alguna de ellas, al menos una vez en la vida.

Y es que parte importante de reconocerse feminista es evidenciar todas estas historias, con sus matices y contrastes; y concientizar sobre la interseccionalidad. Es decir, reconocer desigualdades sistémicas que se configuran a partir de la superposición de diferentes factores sociales como el género, la etnia y la clase social. Justo por eso, nuestras historias no serán las mismas, porque nos dividen mundos de diferencia. Si, la historia de la niña violada, la adolescente recriminada, la mujer maltratada, la mujer indígena denigrada, mujer política humillada, la mujer trabajadora explotada, la mujer que camina con miedo, la mujer adulta mayor discriminada, la mujer discapacitada relegada, etc.; no será la misma, pero siempre termina haciéndonos feministas.

Tal como dice Isabel Allende, “el feminismo es como el océano, fluido, poderoso, profundo y tiene la complejidad infinita de la vida (…)”; como nuestras historias. Aquellas que pinceladas con o sin bondad, nos hicieron feministas.

Ma. Verónica Valarezo Carrión

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