Nos despertamos con alarmas estridentes. La ciudad, impaciente, se cuela por nuestras ventanas: bocinas, motores, vendedores, notificaciones o los perros del vecindario hacen su parte. El ruido inicia su monólogo…
Nos despertamos con alarmas estridentes. La ciudad, impaciente, se cuela por nuestras ventanas: bocinas, motores, vendedores, notificaciones o los perros del vecindario hacen su parte. El ruido inicia su monólogo…