La decisión del presidente Daniel Noboa de elevar en un 30 % los aranceles a productos colombianos no es un hecho aislado ni meramente técnico. Es una señal. Y las señales, en política económica, suelen pagarse caro cuando se emiten sin lectura de contexto, sin estrategia regional y sin sensibilidad social. Ecuador y Colombia no son simples socios comerciales: son economías entrelazadas por fronteras vivas, por cadenas productivas compartidas, por empleo informal y formal que depende del flujo constante de bienes, servicios y energía. Golpear ese intercambio con una medida abrupta es tensar una cuerda ya frágil. No sorprende entonces que, casi de inmediato, Colombia haya suspendido la venta de energía eléctrica. No es castigo: es consecuencia. Desde una mirada social y de izquierda, el problema no es solo el arancel. Es quién termina absorbiendo el impacto. No son las grandes corporaciones que siempre encuentran atajos sino los pequeños comerciantes, los productores locales que usan insumos importados, los transportistas, los mercados populares y, finalmente, los hogares. El arancel se traduce en precios más altos, menor demanda, menos ventas y, tarde o temprano, despidos silenciosos. El empleo es el primer termómetro del error. Cuando se encarece el comercio binacional, se enfrían los negocios fronterizos, se reduce la rotación de productos y se contrae la economía real. La retórica de “proteger lo nacional” suena bien, pero sin políticas industriales de respaldo, sin crédito productivo, sin sustitución real de importaciones, esa protección es solo un discurso que deja al pueblo pagando la factura. La historia latinoamericana es clara: las decisiones económicas tomadas con apuro, sin diálogo regional ni planificación social, siempre terminan profundizando la desigualdad. Gobernar no es reaccionar; es anticipar. No es imponer; es comprender la complejidad del tejido social. El país necesita memoria crítica. No para señalar con el dedo, sino para aprender que elegir mandatarios no es un acto emocional ni de marketing, sino una decisión que define el precio del pan, la estabilidad del trabajo y la dignidad cotidiana. Las improvisaciones de hoy son las carencias de mañana. Y esas, casi siempre, las carga el pueblo.
Marco A. González N.
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