La mano invisible

En la segunda mitad del siglo XVIII, el buen Adam Smith, inventó el famoso símil de la mano invisible. Quería significar con esta figura que la libre competencia, tanto como la oferta y la demanda, actuando como reguladores del mercado, de formas cercanas a lo mágico, estabilizan los precios en el punto correcto y otorgan riqueza a quien la merece. A partir de aquí ha surgido una línea de pensamiento que tiene como ídolo inamovible al libre mercado y como enemigo sempiterno al Estado o cualquier forma de regulación estatal. Los muchos economistas que han ocupado la cartera de finanzas en las mayores crisis de la historia ecuatoriana han confiado ciegamente, y contra cualquier evidencia empírica, en los dogmas que son sucesores de las teorías de Smith, con las desastrosas consecuencias que todavía nuestra pobre memoria registra.

Aún hoy, en las numerosas filas de los expertos económicos, existe una mayoría que es firme creyente en aquella mano sobrenatural que nadie puede ver. Basta revisar las columnas económicas de los diarios nacionales. Casi todas reclaman mayor poder para el sector privado y severas limitaciones para el sector público. Siguiendo las ideas de Smith, creen en la riqueza de las naciones, aunque ello acarree la ruina de los individuos. Admiran con reverente estupor los logros macroeconómicos de países súper liberales y reclaman que las políticas que han servido para enriquecer a los más ricos y para aplastar a los más pobres sean aplicadas en el Ecuador.

En las huestes de Lasso, este tipo de pensamiento es el que prima. Son las ideas que han alimentado durante varios años los jóvenes ideólogos autores del plan de gobierno inicial del actual régimen. Por eso los infantiles arrebatos presidenciales obedecen a la frustración que ocasiona el choque con la amarga realidad.

Carlos García Torres