Ver a un joven jurar la bandera debería hacernos vibrar el pecho, pero hoy, para muchos, el acto se ha convertido en un simple requisito de graduación. Hace unos días, miles de jóvenes levantaron su mano ante el tricolor nacional. Entre uniformes impecables y fotos familiares, existía una duda inquietante: ¿cuántos de ellos sentían el verdadero peso de su promesa y cuántos solo esperaban el fin de la ceremonia?
Es doloroso admitir que el respeto por nuestros símbolos patrios se está apagando. Hoy, para muchos jóvenes, el himno nacional o el tricolor son solo adornos de un lunes por la mañana. El civismo ya no se siente en el pecho; se ve como algo antiguo y aburrido.
Pero la culpa no es de ellos. La juventud vive en un mundo rápido, lleno de pantallas y vacío de ejemplos reales de honestidad. Si ven que los adultos no respetamos al vecino, que la corrupción ensucia las calles y que el país duele, es normal que les cueste amar el concepto de «patria». Y amar al Ecuador tampoco significa dejar de cuestionarlo, al contrario: sentirse parte de una nación debería implicar cuidarla, respetar a los demás, cumplir las normas, defender los derechos y asumir responsabilidades
Por eso, quizá el problema no sea solamente preguntarnos si los adolescentes respetan la bandera. También deberíamos preguntarnos ¿será que nosotros respetamos nuestra bandera?
Al final, la bandera no es solo un trozo de tela que se custodia en las escuelas; es el espejo de lo que somos como sociedad. Si queremos que los jóvenes vuelvan a jurar con el corazón y no por obligación, debemos empezar por construir un país que valga la pena honrar. El verdadero civismo no se enseña memorizando discursos, se hereda viendo a los adultos actuar con integridad.
Luis Fernando Pilco Peñaherrera
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