Comparar contextos históricos siempre es un ejercicio delicado. Alemania en los años treinta y los Estados Unidos actuales no son lo mismo, ni política ni moralmente. Pero negar que existen paralelismos en ciertas dinámicas de poder, identidad y hegemonía es cerrar los ojos a señales que la historia ya nos enseñó a leer.
El primer espejo aparece en el deporte. En la Alemania nazi, los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 fueron una puesta en escena diseñada para mostrar orden, grandeza y superioridad. Hoy, en Estados Unidos, eventos como el Super Bowl o el Mundial de Fútbol 2026 cumplen una función distinta, pero no neutra: exhiben poder económico, músculo tecnológico y patriotismo amplificado. El deporte deja de ser solo juego y se convierte en narrativa nacional. Y, como entonces, también se vuelve un espacio de resistencia: cuando un atleta protesta, el sistema reacciona con incomodidad.
El segundo paralelo está en la fractura interna. Alemania institucionalizó la exclusión mediante leyes explícitas. Estados Unidos no lo hace. Pero la ausencia de leyes segregacionistas no implica ausencia de jerarquías reales. El racismo sistémico, la desigualdad judicial y la brecha económica siguen operando como mecanismos de exclusión. A eso se suma una retórica persistente de “nosotros contra ellos”, donde el inmigrante o el disidente ocupan el lugar del problema a señalar.
El tercer punto es la relación con el territorio y el poder. Alemania hablaba de espacio vital. Estados Unidos habla de seguridad nacional. El lenguaje cambia; la lógica de control se mantiene. No hay anexión directa, pero sí presencia militar, influencia económica y presión política global. La frontera, en ambos casos, se convierte en símbolo de miedo y control.
La diferencia central es clave y no debe relativizarse, Alemania fue un régimen totalitario. Estados Unidos sigue siendo una democracia con contrapesos. Pero esos contrapesos hoy están bajo tensión.
La historia no se repite de forma exacta per rima. Y cuando rima demasiado fuerte, conviene escuchar antes de que el eco se vuelva costumbre.
Mauricio Azanza O.
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