Hablar de relaciones de pareja implica reconocer que se trata de un terreno complejo. Hoy se habla mucho de “relaciones tóxicas”, pero pocas veces aceptamos que, en muchos casos, el control y la manipulación se disfrazan de amor. Cuando uno de los integrantes intenta dominar la relación, se genera desigualdad emocional, desgaste y un profundo impacto psicológico.
Los celos -si no se gestionan ni se ponen límites- pueden escalar hasta vulnerar derechos fundamentales: desde el control encubierto hasta la violencia psicológica, verbal o física. Nadie entra a una relación para vivir con miedo o sometimiento. El amor no justifica el maltrato. Por eso, aprender a establecer límites no es egoísmo: es autoprotección.
Respetar los espacios individuales es esencial. En pareja seguimos siendo personas independientes, con dignidad y autoestima. No pertenecemos a nadie. Antes de la relación ya teníamos una vida: familia, amistades, trabajo, intereses. Renunciar a todo ello en nombre del amor no fortalece el vínculo, lo asfixia.
Si tu pareja manifiesta celos excesivos, no lo normalice ni espere que el amor lo cure. La ayuda profesional es necesaria. Una relación saludable se basa en equilibrio y respeto mutuo; cuando aparece el control, el chantaje o el maltrato, el vínculo se vuelve peligroso. En esos casos, además de apoyo psicológico, también puede ser indispensable la orientación legal o policial.
Una herramienta útil es construir, de manera conjunta, un decálogo de límites: acuerdos claros, consensuados y respetados. No para restringir la libertad, sino para protegerla. Porque amar nunca debe significar perderse a uno mismo. El amor implica respeto hacia el otro y hacia uno mismo proporcionando una relación equitativa, asertiva y proactiva.
Recordemos: una relación sana no duele, no humilla y no amenaza. Ser felices es también una decisión… y empieza por no aceptar como amor aquello que en realidad es control.
Francisco Herrera Burgos
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