Por asuntos propios de mi trabajo como abogado, durante este 2026 viajé a Jimbilla, una pequeña, pero maravillosa parroquia del cantón Loja y provincia de Loja, donde la sencillez de su gente y la belleza de su entorno siempre dejan algo que contar.
Luego de cumplir con mi trabajo, me trasladé, acompañado de mi esposa e hija, a un restaurante del lugar para almorzar. Allí, el propietario del establecimiento, con una amabilidad extraordinaria, nos brindó una deliciosa comida y, sobre todo, un trato excepcional. Con brío y una sonrisa hermosa dibujada en su cara y por supuesto con palabras afables, generosas, elocuentes y nacidas del corazón, nos dio la bienvenida y nos hizo sentir como en casa.
Aquella actitud, sencilla pero singular, merece ser destacada. La hospitalidad, la cordialidad y la nobleza en el trato debería constituir una práctica permanente en nuestros restaurantes, establecimientos públicos y privados, sitios turísticos y en todos los lugares tanto públicos como privados de nuestra querida tierra lojana. No solamente porque dignifican a quienes las ofrecen, sino porque fortalecen una de las características que tradicionalmente se atribuyen al lojano: su reconocida y bien ganada calidad de anfitrión.
Una buena comida puede satisfacer el paladar; pero un trato amable permanece en la memoria y el corazón. Y muchas veces es precisamente esa experiencia humana lo que hace que un visitante quiera retornar y hablar bien de nuestra tierra.
Sería deseable que las instituciones vinculadas al turismo adscritas a los gobiernos seccionales, recojan experiencias como esta y promuevan, mediante campañas, enseñanzas, educación, capacitación y, de considerarlo pertinente, instrumentos normativos, estándares de atención y hospitalidad que contribuyan a fortalecer el turismo lojano.
Porque recibir bien al visitante no debería ser una excepción ni una cortesía ocasional: debería ser parte de nuestra identidad.
La hospitalidad también es una forma de amar a Loja.
Jaime A. Guzmán R.
jaimesntonio3@gmail.com