Cuando se articula la narrativa con la evidencia y la investigación, el conocimiento brilla en beneficio colectivo; no existe nada tan emocionante como profundizar en el contexto histórico y descifrar las fábulas tan bien contadas, aunque las mismas carezcan de realidad.
Hablar de la historia ecuatoriana, en muchas ocasiones, confabula una narrativa que se trazó desde el balcón de extensas haciendas, casas notables y algunos ciudadanos con poca visión, vendiéndonos el relato idílico de que nuestra nación se instauró por la gracia e hidalguía de estirpes ilustres y una supuesta alianza de armonía feudal entre el señor acaudalado y su fiel servidumbre. Es importante entender que esta falacia —la de que el territorio de lo que hoy es Ecuador se levantó por decretos nobiliarios— no encaja con los hechos históricos: el país nació por el esfuerzo anónimo de campesinos, artesanos, trabajadores, comerciantes, etcétera, que abrieron caminos y levantaron muros. Las ciudades se construyen con el sudor de todos, no con los títulos de pocos.
Los cargos públicos y las ordenanzas de los que ostentaron el poder, jactanciosamente aduciendo que defendieron el bien común, fueron el escudo donde un perfecto engranaje blindó sus privilegios, repartió instituciones y aseguró cotos (del latín cautum) de poder entre parientes y áulicos. Ese sistema clientelar engendró una casta de paniaguados y cortesanos dispuestos al servilismo a cambio de la dádiva.
El subdesarrollo y la marginalidad no son accidentes geográficos ni fatalidades del destino; todo responde a un cálculo mezquino de una élite rentista a la que nunca le ha convenido, ni le interesará, una sociedad industrializada, desarrollada, educada e independiente, pues eso dinamitaría su control sobre la mano de obra barata y sumisa. Mantener un país en la ignorancia es el negocio perfecto, tanto para la casta como para los serviles torpes a su desidia.
No se discute que entre ellos hubo y habrá verdaderos hidalgos, caballeros de buenas intenciones y nobles ciudadanos. Pero se tiene que entender que el verdadero motor de un país ha sido, es y será su gente, la común, esa que trabaja sin esperar favores y que exige garantías, libertad y trabajo.
Pablo Ortiz Muñoz
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